Ecuatoriana en construcción

Los días de una argentina en el pueblo que no le teme a la lluvia

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¡Sigaaaa, siga dije!

Me miró de reojo sin importancia. Yo estaba entusiasmada, me apuré en sacar mi cámara de fotos. A medida que nos acercábamos pude ver sus ojos café vivo y las pestañas chiquitas y lacias que lo envolvían. Me clavó la mirada y el entusiasmo se me derritió como hielo en verano sanjuanino. Quedé petrificada, llena de pánico. Dejé de caminar, tomé la foto rápido y cerré los ojos apretados.

Todo ese día el sueño y la desgana se habían apoderado de la rutina. El desayuno de pan integral, la fruta de media mañana, las horas de oficina, el almuerzo desabrido, todo parecía decolorado. A la hora de salida tomé el paraguas rosa fucsia que compré pensando que era bordó, el bolso de computadora, los libros, la carterita roja y la bolsa con los tupper del almuerzo. Todo pesaba mil kilos y el sol me ardía en el cuello. Había una brisa suave que me hacía volar el vestido largo. Decidí abrir el paraguas y seguí por las calles llenas de polvo y hierba y autos que pasaban y tocaban la bocina. A mitad de camino se detiene una camioneta destartalada a mi lado, llena de mujeres adentro. Me dicen “suba hermana, vamos al mismo lado”. “Gracias” le dije sonriendo, y me abrieron la puerta. Después de tres segundos me di cuenta de que estaba dejando pasar un punto importante: no tenía idea de quiénes eran. En un arrebato de sinceridad le dije a la señora de la ventanilla “perdón pero ¿quién es usted?” a lo que sonriendo todas me respondieron “hermana, ¿acaso usted no es testigo de Jehová?”. Solté una risotada burda y haciendo uso de la ironía argentina que aquí, por experiencia, no es aplicable dije “hermana mía, no todas las que usamos falda y paraguas lo somos”. Me miraron serias. Silencio incómodo. Un pajarito chillaba histérico. Un grillo empezó a cantar. “Gracias, mejor otro día. Es que todavía no soy testigo…de Jehová digo. O sea, sí leo la revista a veces pero ahora no. Gracias de todos modos”. Y seguí caminando a paso rápido. La camionetita aceleró sin ninguna mano saludando.

Por suerte ya podía visualizar la entrada de nuestra ciudadela. Al fin estaba a solo 20 pasos de casa, de la tele, del sillón, del Penguin, de la comida de verdad. Y justo en la entrada, pasando lentamente, ellas.

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Sonreí. Estas cosas son tan únicamente de pueblo. Dije “esto tengo que contarlo en el blog”. Seguí caminando para acercármeles, busqué la carterita roja e intenté abrir el cierre. Levanté la mirada y de repente me encontré en el centro de la manada de vacas, enormes, caminando al lado mío lentamente y haciendo temblar el piso. La primera me rozó el brazo…Me miró de reojo sin importancia. Yo estaba entusiasmada, me apuré en sacar mi cámara de fotos. Pude ver sus ojos café vivo y las pestañas chiquitas y lacias que lo envolvían. Me clavó la mirada y el entusiasmo se me derritió como hielo en verano sanjuanino. Quedé petrificada, llena de pánico. Dejé de caminar, tomé la foto rápida y cerré los ojos apretados. Ellas, tan lentas, parecían disfrutar de mi temor. Pasaban una a una rozándome y sentí que en ese momento podrían patearme. ¿O eso solo lo hacen los caballos?, en fin, no importa. Alguien gritaba, un hombre, desde enfrente “¡Sigaaaa! ¡Sigaaaaaaaaaa!”. Desperté de mi sopor. Abrí los ojos y lo miré. Llevaba en la mano un machete en alto y un delantal blanco. “¡Siiiiii!” le grité yo y seguí caminando contra ellas. Fueron pasos eternos.

Cuando finalmente salí del túnel de vacas todavía podía sentir al tipo gritando “¡Sigaaaaa! ¡siga dije!”. Me di vuelta airosa de la azaña ganada, levanté bien en alto el paraguas rosa fucsia y le grité “¡ESTOY BIEN, no se preocupe!”. El hombre, que continuaba con el machete en alto, giró la cabeza y me miró. Sorpresivamente me di cuenta que no me hablaba a mí. “¡Yo estoy guiando a las vacas!” me gritó.

Con la risa histérica en las mejillas y con la vergüenza que me hacía temblar las rodillas entré a la ciudadela y llegué a casa al fin. Abrí la puerta y lo veo al Penguin sentado en el sillón mirando fútbol. Me mira con una sonrisota y antes de hablar lo paro secamente: “¿honestamente, pensás que me visto como Testigo de Jehová?”

 

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Remar los años en mi cumpleaños

 

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Restos de torta, café caliente y tiempo de volver

Antes de leer, hacé click aquí y volvé.

<Estas preciosas ilusiones en mi cabeza
no me abandonaron cuando estuve indefensa
y separarse de ellas
es como separarse de los mejores amigos invisibles> – Alanis Morissette, Precious Illusions

Hace dos días que vengo dándole vueltas a este posteo. El día de publicación era justo el martes de mi cumpleaños y quería que fuera algo copado, positivo, energético…bueno, festivo. Ojalá pudiera decir que no tuve tiempo, que estuve ocupadísima para publicar, pero no: no tuve palabras.

Cuando era una niña el año se volvía un sin fin de días tan largos, tan interminables que sólo las fechas de navidad, día del niño, reyes magos y mi cumpleaños eran esos edenes placenteros para los que contaba los días. Una mamá que se pasaba la tarde cocinando pizzetas y empanadas, los compañeros que llegaban a la casa a meterse por todos lados y ensuciar los cuartos con caramelo chupado, los kits de regalo con utensilios de doctora, princesa, veterinaria o simplemente de mujer grande donde podía ser lo que quisiera, lo que soñara que sería en el futuro. Esos días eran, realmente, la plenitud.

Con el tiempo te empezás a dar cuenta de otras cosas, que el año es muy corto en realidad, que pasa pronto y que ocurren miles de miles de cambios cada día. La navidad, los reyes, el día del niño ya no tienen casi ninguna diferencia con el resto. Y de repente llega tu cumpleaños, ese día que te recuerda el pasado, a tu vieja cocinando como loca, al café que te hubieras tomado con tu mejor amiga, al insoportable “que los cumplas feeeliz, que los cumplas feeeeeliz” en que nunca sabés cómo actuar y cuya ausencia te dice que ya sos esa mujer grande que alguna vez anhelaste. Sin tanta chuchería, un poco destartalada, con una melancolía a cuestas, pero sos.

Hay días que son naufragios, otros son mares en calma y nosotros remadores con una balsa a cuestas, toda una vida para conocer las aguas, tratarlas con respeto, dejarnos impulsar por el viento, escuchar los sonidos de sabiduría, respirar, llegar a un lugar: tener un propósito que trascienda. ¿A dónde vas? ¿Hacia dónde estás llevando tu balsa?. Feliz cumpleaños.

Este año sólo tuve un deseo, pintarme las uñas. Y lo hice de un rojo pasión. Supongo que la vida en el pueblo muchas veces te quita la galantería que una vez cargaste como periodista que sabe que cada detalle cuenta.Ya se está resquebrajando y decolorando pero ese día anduve con mis uñas furiosas, y me sentí bien. Porque confiás que la melancolía se va a ir, viene y se va como oleadas. Y te abrazás a los remos y seguís y seguís y seguís, empujada por lo invisible con el corazón que te tiñe las uñas de rojo, con manos guerreras, con la espalda arqueada, dejando todo porque, a fin de cuentas, para eso nos echaron a la mar: para llegar. Y ese lugar está más cerca que todo y más lejos que todo. Hasta que lo encontremos, mientras tanto seguimos remando.

¿Será que el hombre es eso? ¿Esa batalla? – Mario Benedetti, Esa Batalla.

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Cc. Luca art (flickr.com/photos/lucaart/)

 

Corviche, este amor nos hace daño

He tomado la decisión de ser una persona saludable. Yo sé, he tomado la misma decisión 9 veces desde que me mudé a Ecuador. Pero con todas las frutas y verduras de excelente calidad en abundancia y lo mal que me hacen los corviches y ceviches cada vez que los como, es una decisión recurrente. Además, desde que me casé tengo 10 kilos de más. Okey, no es desde que me casé, pero es una excusa válida.

El viernes, uno de los compañeros de oficina llegó con “corviches de la esquina” de desayuno. Preparamos café y comimos. Como buena casi-ecuatoriana, partí mi pastelito al medio y justo cuando llegué al centro de pescado lo llené con ensaladita. Esa ensaladita viene en una bolsa plástica rosada y es básicamente rabanito rallado curtido con limón, cilantro y sal. Despide bastante líquido pero igual es rico. El corviche se hace con plátano verde rallado, armado como un buñuelito y frito. Extrañamente tiene un color marrón demasiado oscuro. Lo comí con un gusto ese viernes en la mañana…

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Cc: gringosabroad.com

El viernes en la tarde estaba en el sillón de casa revolcándome del dolor mientras miraba Cupcake Wars. ¡Y qué dolor! Era como si los intestinos se anudaran y desanudaran en el abdomen en una gala bizarra de Bailando por Un Sueño. Terrible.

Decidí escribir un mail a mi mamá contándole de la graciosa experiencia local. Después de tres días mi hermana me respondió en un mail privado “por favor cuidate de los intestinos, porque ahora la mami esta muy preocupada, siempre que le contas que andas con hemorroides se queda preocupada todo el dia, por favor cuidate, no seas tan pelotuda piba, cuidate con la ocmida!!”. A continuación revisé mi gmail y encontré dos mails de mi suegra con el asunto “Sin excusas: ejercicio de 30 segundos” y “10 alimentos comprobados por causar cálculos”.

Cuando estaba en agonía en el sillón gris (mi imagen mental era como cuando la fiebre amarilla invadió los conventillos y yo era una mujer de época infectada), decidí escribir un mensaje de trágico final a mi Penguin: “P. estoy muy mal. Siento que todo me da vueltas. Pero no quiero preocuparte en tu trabajo, estaré bien”. Sentí que con la última línea quedaba gráficamente expresada mi heroica valentía. Me llamó a los tres minutos y vino a casa a los 20, jaja. No me duró mucho la novela. Finalmente con una siestita se me pasó.

En fin, lo importante es que ahora soy una persona saludable. Me da mucha pena que gasté una cantidad indecible en mi última visita al súper. Compré aceite de canola (que supuestamente es más saludable que el vegetal y tres veces más caro), quinoa, arroz inflado, leche de soja/soya en polvo (el horror mismo) y mucha, mucha avena.

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Atrás, foto de unas galletas de avena, manzana y canela que preparé. Yo misma disequé las manzanas en el microondas…aunque creo que no debería haberles puesto tanta manteca. Pero bueno, lo hecho hecho está. Y una dona que trajo un amigo de postre. Tampoco debiera haber comido la dona. En finnnn…lo que importa es el mañana! ¡Y desde mañana soy una persona saludable he dicho!

Nota: hablando de gastar mucho en el súper, con Penguin encontramos una herramienta espectacular para controlar el presupuesto mensual. Si no te querés quedar en la lona, o al menos calcular cuándo hacerlo, hacé click aquí. Está en inglés, si querés traducirlo, esto te puede servir.

Llueven cenizas

Qué semanita Teté. El pueblo suele ser un lugar muy tranquilo, hasta que algo rimbombante ocurre y ahí se armó la novela de las 4 de la tarde. Ya les conté de uno (el encebollado que nunca fue). Ayer fue otro de esos días de telenovela.

4 de la tarde, oficina, día gris y levemente lluvioso. Los 4 compañeros conversando animadamente sobre el tema de todos los días: cómo lograr que pueda respetar la dieta que empiezo todos los lunes.

Suena el celular de Nabil. Del otro lado la voz placenteramente histérica de un bombero voluntario de esos que les encaaaaanta lo que hace y que vive con el walkie talkie en el bolsillo : “¡Oye loco! Hay un incendio en Chongón, ¡han mandado tres unidades! avisa pues loco…”. Al minuto siguiente estábamos los 4 monos noveleros subiéndonos a la camioneta (novelero en guayaquileño es la persona que le encanta todo lo nuevo). No sabíamos dónde era, entonces muy inteligentemente decidimos seguir el humo. Curiosamente venía de…¡mi antigua casa! ¡la del balcón gigante!

Sentí que el corazón se me estrujaba, pensé en si había dejado algo mal conectado, el tanque de gas, si mi vecina Muni estaría ahí. Hice un rezo interior con angustia. Viramos en el parque y nos acercamos para ver una multitud de autos y gente noveleros en el lugar.

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Miro bien y veo que el humo sale de la cuadra de enfrente de mi exdepartamento. Respiro.
Nos bajamos de la camioneta corriendo cual La Ley y el Orden. Camino hacia la entrada de la casa que se quemó y veo un montón de personas. Hacia adentro, en un costadito, los niños llorando desconsolados mientras sotenían una gallina cada uno. Al lado, una señora mayor, flaquita, que se tapaba la cara con las manos para no ver. Otra atrás le sobaba la espalda. Sentí un puntazo de dolor en el hígado con esa escena descorazonadora. En el centro de la calle rodeada de jóvenes, una chica con el brazo quemado mirando con resignación y firmeza su casa en llamas. Fijo la mirada para ver quién era, mi peluquera Angelina, se las mencioné en Con toda la fiesta encima.

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¿Qué querés que te diga? Me sentí horrible. ¿Qué le podés decir a una persona que perdió todo, absolutamente todo? No pude. Otra vez comenzó a chispear, el cielo se quejaba. “¿Estás lista?” me dice uno de mis compañeros. “Sí, un bajón esto…vamos”.

Hoy yendo a comprar al almacén me encontré con la hermana de Angelina sentada en una piedra enorme que hay afuera de la comuna. Tenía un bebé en brazos y sus otros niños corriendo por ahí. Pegamos buena onda con ella, que  ayuda a veces en la peluquería. Me arrodillé a su lado y le dije “lo siento mucho”.Me sonrió con tristeza y me explicó que como la casa era de caña, el fuego se la llevó enterita; “Angelina se quemó cuando entró para sacar el tanque de gas.  Gracias a Dios pudo antes de que lo alcanzar al fuego”. La bebé estaba nerviosa. “¿En qué te puedo ayudar, tenés ropa?”. Me dijo que los vecinos les estaban dando varias donaciones y que ahí se iban repartiendo. “Mañana te traigo algunas cosas de Argentina. Te las dejo en la pelu”. Nos agarramos la mano fuerte y me despidió con un gracias vecina.

¿Qué es lo que te hace vivir?

Hoy tengo mil historias atrasadas que esta ecuatoriana en construcción tiene por contar. Pero, ¿sabés qué? No. Hoy estoy sensible. Y todo gracias a 2 posteos de facebook.

Uno:

El corto de animación ganador de los premios Goya 2014. Lo tienen que ver, es de esas cositas que medio te estrujan el corazón pero que hace falta  ver de vez en cuando; que te hace reflexionar sobre el gran sistema que es la vida y las miles de vidas interconectadas y cómo el cambio de una afecta las otras para siempre. Todo es energía y el sólo caer de una gota genera olas expansivas. Es loquísimo, ¿no?. Aquí se los dejo: Cuerdas.

Dos:

Una chica que conocí en un curso de portugués (esas cosas random que uno hace en la vida) y con quien compartí charlas súper profundas y reflexivas en un bar mientras comíamos papas fritas con el resto de compañeros. Claro que los otros preferían hablar de asesinos en serie y precios de bebidas alcohólicas, pero en fin…publicó la foto con el título “la puta que vale la pena estar vivo” y con una entradita así uno tiene que ver qué sigue:

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A este punto ya tenía un nudo en la garganta que traté de hacérmelo desaparecer con un sorbo de café con leche. Se acaba de despegar un afiche que compré en Buenos Aires sobre “la empanada” y me dio un susto de fruta madre. Me vuelvo a concentrar y agrego momentos que me hacen vivir…un abrazo de mi vieja, un café con Carola, un mate compartido, un acento argentino en tierra extranjera, manitos infantiles que te abrazan, el olor de las tostadas con manteca, ver a mi Penguin llegar, escribir, el olor a bolognesa en el barrio, un beso lento, un día feriado, un acto de valentía, patacones con café de desayuno, una tarde libre con Muni, actos solidarios que te hacen creer de vuelta… 

¿Qué momentos agregarías? ¿Qué es lo que te hace vivir y re-vivir?

El lado oscuro del pueblo

Ayer se cortó la luz. Desde las 19 hasta las 21.30 hs. Por suerte tenía velas y como sentía que todas mis actividades planeadas quedaron paralizadas por el corte generalizado (sí, se cortó en TODO el pueblo; no, no se veía absolutamente nada) no tuve mejor idea que ponerme a cortar unos pimientos. Bastante random.

ImagenBuena forma de mantener la albahaca siempre fresca. Vos viste, dártelas de chef a la luz de las velas tiene otra sensación.

A las 20 hs decidí salir a investigar al parque y ver qué tal era el pueblo en obscuridad completa…llegué a la esquina. No veía ni donde pisaba. Sentía que había gente que caminaba cerca mío pero no los veía…alguien venía en bici. Me entró el pánico. Pánico feo, ese de temer por la vida de uno. Me di media vuelta (empecé a balancear la llave que tiene una cintita larga a modo de herramienta de defensa personal, muy amenazante) y me volví al departamento. 

ImagenUna moto pasando por mi barrio

A las 20.30 decidí que era momento de ir a dormir (?). Apoyé la cabeza en la almohada y los sentí, a pesar de estar en la otra cuadra. Los sentí cantando (a ellos), turnándose uno a uno pero esta vez sin parlantes ni micrófono. Realmente tienen pulmones de acero porque cantaron como 40 minutos y yo los escuchaba clarito. “¡Nada nos parará Señor!” gritó la hermana Yoselyn y los creyentes entonaron al unísono “naaaada nos pa-ra-rá-Se-ñooor…¡nada nos parará!”. Y yo, entonando en mi inconsciente fui abandonándome al sopor del cansancio. Naaada nos pa-ra-ráaa…naaada nos para..pa-pá…naaadaaa…señor…zz zzz zz… 

La luz volvió unos 30 minutos después. Sentí el pitido de los electrodomésticos. Pero los hermanos ya estaban cansados para un quincuagésimo round de plegarias. 

Alabado seas Señor

Yo ayer no lo podía creer. No podía ser verdad.

Chongón tiene una gran influencia de las iglesias evangélicas. He visto varias, que toman un cuarto pequeño amueblado con sillas de plástico blancas y una tarima donde regularmente se sube el pastor a predicar. También los veo caminar a los creyentes muy arreglados de camisa y pantalón de vestir, de falda larga, volviendo a sus casas después de la reunión. Me gusta. Hay varias de estas mini-iglesias evangélicas ubicadas en cuartos de alquiler humildes, una iglesia católica y una de los Testigos de Jehová. Esta última es la más grande y arreglada. A unos pocos kilómetros hay otro templo de los Testigos de Jehová que es el más grande que he visto en mi vida. Una finca inmensa que incluso aparece en Google Maps.

mapa

La influencia del cristianismo en Ecuador es inmensa. Uno se da cuenta apenas se sube a un bus donde no faltan los predicadores. Incluso los vendedores de polvos y remedios para limpiar el colon también utilizan como argumento la ayuda divina, la generosidad, y un montón de valores cristianos incluida la cita bíblica.

Me parece bárbaro, peeeero…me han puesto una iglesia evangélica a la vuelta del departamentito. A LA VUELTA! … A-LA-VUELTA! Con micrófono y parlantes.

Ayer intentaba terminar un informe para mi laburo y por más de una hora los hermanos pasaban uno a uno al estrado a cantar. Voces roncas, melodías un tanto fuera de tono, gritos, rimas que no entraban en la melodía…me pareció chistoso al principio, pensé que estaba bueno, una nueva experiencia, como cuando me pusieron el bailongo en la calle (“con toda la fiesta encima“). A los 30 minutos me surgió la violencia. A los 40, la desesperación. Se seguían turnando, acompañados de un órgano, luego guitarra, otra vez el órgano, platillos. Yo misma empecé a rogar al Señor. Sentí que empezaba a cantar los estribillos, eran demasiado pegadizos. Después negocié: dije “Señor, o paramos acá o voy a apedrear esos parlantes y se pudre todo”. Por supuesto que Dios no se deja intimidar por mi intento de chantaje, pero al ratito, como una bendición de su parte y un sentimiento de culminación feliz para ellos, escuché al pastor en sus últimas agradecimientos y sugerencias a la congregación. ¡Gracias Dios!, dijeron ellos. ¡Gracias Dios!, dije yo.

Pregunta: ¿por qué durante los sermones repiten tantas veces la palabra “Señor”? Entra como cada 4 o 5 palabras…me gustaría saber de verdad.

La olla, la latita y el balde

Esas tres cosas he descubierto que son necesarias para hacer de mi día algo placentero. Esas tres cosas, recuerden.
Vivir en un pueblo te hace dar cuenta de cuán especiales son algunas cosas en la vida: sí, la familia, los amigos, un buen dulce de leche. Pero además de todo eso y por muy ‘piba malcriada’ que suene, extraño el agua caliente. En la ducha, en el lavamos, en el bidet (o mejor dicho, extraño el bidet en sí). Descubrí después de múltiples visitas a casas que casi ninguna trae agua caliente en las duchas, y que es algo que uno tiene que poner. Después de 11 meses de estar aquí compré una ducha eléctrica a 23 dólares y el único electricista que conozco me quiso cobrar 50 para instalarla, así que fue un rotundante “no”. Por más que intenté ejercer el autocontrol sobre mí, me di cuenta que en la noche, cuando la brisa fresca sopla y se te pone la piel de gallina, me encantaaaa ducharme con agua tibia. Así que, a la vieja usanza, recordé cuando mi vieja o tal vez “la Nan” me contaban que antes calentaban agua en una olla y se bañaban con eso. Así que así lo hice.

Comparto mis aprendizajes al respecto: Ponés una olla llena de agua a hervir. La tenés que dejar un largo rato haciendo burbujas (no la podés apagar apenas empieza a hervir, queda fría igual, eso me lo reveló mi vecino Alex cuando le pedí consejos para calentar el agua). Después la ponés en un balde y recién ahí lo llenás con agua fría. No puede ser al revés, no funciona (o sea, no podés poner primero el agua fría y al final agregar la caliente porque queda super fría, cosa rara, pero el orden de los elementos sí altera el producto final). Después necesitás una latita de fréjol o porotos, arvejas o leche condensada. Te vas a la ducha con el balde con la mezcla de aguas y la latita y de ahí empezás a”bañarte”.

Aprendí que una olla de agua hirviendo te alcanza para un balde lleno de ducha. Aprendí que un balde bien administrado te alcanza para una ducha de cuerpo entero incluyendo shampoo y baño de crema. Aprendí que uno puede haber recorrido el mundo, estudiado una carrera universitaria y conocer idiomas (no es mi caso, aclaro), pero no tener idea de cómo afrontar con practicidad los desafíos diarios. Y que ante estos desafíos, hay que preguntarle a los que más saben (gracias Alex).

La olla, la latita y el balde

Después hay que dejarlos dados vuelta para que
no se críen mosquitos

Me voy a bañar. ¡Buen jueves per tutti!

El encebollado que nunca fue

ImageDerechos de autor Todos los derechos reservados por angelsalitre1

Hoy, día no laborable, teníamos desayuno de amigos. El encargado de la comida quiso ir a comprar el típico “encebollado” para invitarnos. ¡Oh sorpresa! el barcito estaba cerrado “por duelo”, como indicaba una A4 pegada en la puerta, escrita con marcador. ¡Así como se escucha! los chismes de la zona decían que habían matado a un pariente/amigo del benefactor de encebollados, de un tiro en la cara. “¡Por Dios, qué horror!” grité despavorida cuando largaron la noticia en la mesa llena de sánguches (o sánduches, como dicen acá) a falta  -reitero- de encebollado. “Eso no es todo, también mataron a su esposa”. Mi cara desfigurada les produjo a mis compañeros alguna forma de diversión. Chongón es un pueblo tan pequeño que el hecho de que ocurra sicariato me parecía imposible. De hecho, nunca supe lo que era sicariato hasta que me vine a vivir aquí y generalmente decían que ocurría en la ciudad. En fin, la noticia produjo una especie de fascinación alrededor de la cual rondaban miles de versiones. En la noche, visitando a mis jóvenes vecinos seguí alimentando el morbo al enterarme que también dispararon y mataron a la abogada (no sé de quién o de qué…no entendí qué hacía una abogada en la escena y ellos tampoco) y que la esposa no murió sino que está grave. Ahora la mitad del pueblo está de luto, velando al difunto en la casa. Estando aquí asistí a un velatorio que duró mínimo 24 horas, en el hogar familiar, donde cientos de personas llegaban y se sentaban en sillas alquiladas por hooooooras a tomar café y jugar cartas y llorar. Parece que los decesos fueron un ajuste de cuentas por “tierras”. Mañana será otro día y seguramente aparecerá una nueva historia de esta telenovela latina. Chongón no me deja de sorprender. Que en paz descansen estas almas, o mejor dicho, que encuentren la paz. 

—- Si, como yo, no sabías lo que es sicariato: asesinato por encargo. 

Café independencia

Existen ocasiones en que las señoritas independientes necesitan realizar acciones que les devuelvan su sentido de independencia. Esto de tener quién “te proteja” en el gran Guayaquil a veces me hace sentir como un cachorrito en su jaula, alegre, pero que todavía tiene esos deseos rebeldes de salir, perderse y volver a encontrar el hogar casi por arte de magia, como siempre.

Ayer, al fin tuve una tarde libre. Una tarde sin reuniones o cosas que hacer. Una isla utópica dentro de la semana, donde perfectamente hubiera podido hacer una de las mil cosas que tenía en mi lista de pendientes. Pero no. Decidí, con toda la fuerza de mi corazón aventurarme a dejar el pueblo y tomarme un café como lo hubiera hecho en Argentina. Ese placer único que me da sentarme frente a una ventana con una tasa de café oscuro y un pedazo de torta, sentir los sabores, percibir los aromas, cerrar los ojos, agradecer y sonreír.

Salí del laburo a las 18. A las 18.30 ya el pueblo era una noche cerrada. No importaba nada, me puse mi ropa de “ir a la ciudad sola” (joggins, remera súper cubritiva, campera, mochila, peinado de monja y un manojotón de llaves con una cinta hiper larga que sirve como herramienta de defensa personal en el caso de que sea necesario). Me paré al borde de la calle y esperé la Chongoneña (el único bus que une el pueblo con la ciudad de Guayaquil). Llegó, me trepé con alegría, le di mis 0.25 al chofer y empezó la osadía. A medida que se movía y veía las casitas del km.24 pasar borrosas, me sentía internamente satisfecha. La gente se iba trepando y la balada kitsch de la radio sonaba perfumando todo el paisaje. Hablaba de amor eterno melosamente, y las rimas casi que no entraban en la melodía. El señor de adelante la cantaba con sentimiento; la nenita diminuta de enfrente mío se trepaba en su asiento y sacaba un sorbete por la ventana; a mi lado, sentada, una mulata preciosa, seria como ella sola. Pensé en cuán feliz me sentía de ese ambiente de bus. Me acordé de las primeras subidas hace 11 meses atrás, todo me parecía tan extraño y yo estaba todo el tiempo alerta. Ya no es extraño,  es casa. 40 minutos después bajé al borde de la ruta en una garita y busqué un taxi que me llevó hasta el supermercados donde estaba el café. “Gracias señor, ¿cuánto es el viaje?” “4 dólares” “4 dólareeeees?!, usted sabe muy bien que cuesta 2!”. Saqué dos dólares del bolsillo y se los puse en la mano. Bajé enojada y cerré con un portaso. Subí las escaleras mecánicas con inercia. Me sentí maltratada, a pesar de que fui yo la que reaccionó mal. Me di cuenta que todavía me afectaba tener que “defenderme”, una se siente indefensa.

Entré al supermercados y vi el café, glorioso, alegre, esperándome. Le sonreí y en un giro inesperado entré al área de compras, enfrente. Por lo menos debía comprar víveres que necesitara para aminorar mi sentimiento de culpabilidad. Después de haber comprado 3 cosas (sahumerios, clavo de olor, un repollo), ya sin culpa, fui al café. Un capuccino grande con crema y canela y un pedazo del más chocolatoso tripe fudge brownie. Por Dios…qué pedazo de cielo. Me senté en una mesita al lado del ventanal, mirando los autos ir y venir a mil, las luces blancas y amarillas, el viento que movía las hojas de los árboles. Miré mi capuccino y tomé un sorbo…vi mi reflejo ahí sentada. Había llegado. Sola. En la noche. Sola porque yo quería. Quería y lo hice, y me sentí indomable. Me tomé todo el tiempo del mundo para comer lo que tenía y cuando estuve lista salí a buscar nuevamente el taxi que me llevara hasta la mitad de camino, bajarme en el costado de la ruta y tomarme el bus que en 40 minutos más me llevara hasta Chongón. No resultó tan así el plan. Efectivamente encontré taxi (que también me quiso cobrar $4), me bajé en la ruta en el medio de la nada. Pasaban tantos autos y camiones a mil, con las luces altas que no podía discernir cuáles eran las Chongoneñas. Se me pasó una. Esperé. Obnubilada por los faroles azules de los autos se me pasó la segunda Chongoneña. Decidí no desesperar, era mi travesía. Canté a capella todas las canciones de los Beatles que recordaba, con el repollo colgando al hombro en mi bolsa de reciclaje. Paré a 8 buses, ninguno me servía. Los camioneros me tocaban la bocina. Pensé en mi vieja, en cómo me mataría si supiera en donde estaba. Pensé en mi novio, en cómo me mataría si supiera también. Me empecé a reír y seguí cantando. 45 MINUTOS al costado de la vía pasé. Finalmente paró un colectivo que viaja hasta la playa. El viejito que colgado de la puerta me dijo “niña, suba!”. La escalera estaba tan suspendida que casi no podía subir. Me senté en ese asiento, feliz, tranquila de estar otra vez a salvo, a pesar de que siempre me sentí así. Me bajé en la entrada del pueblo. Tomé una mototaxi que me llevaría hasta el centro del centro de Chongón, donde vivo. Ya eran las 22 hs…la mototaxi hacía rugir su motor tanto que no podíamos escuchar nada más. La brisa nos acariciaba la cara a los 5 que estábamos montados ahí: yo que estaba llegando airosa de mi travesía, unas mujeres valientes que regresaban de su jornada diaria, y dos jovencitos que acompañaban al conductor de la moto durante la noche. La luz de las lámparas amarillas de la calle me permitió mirarles los rostros. Nuevamente recordé mis primeros viajes en mototaxi, cuán diferente me sentía a ellos, tan extranjera. Sentí que eramos los mismos, vecinos, mi color de piel es ahora tan quemado por el sol como el de ellos. Sus ojos rasgados, sus cortes de pelo que me recordaban a unas fotos de indígenas, sus manos ajadas, su complexión pequeña y delgada. Pensé que si hubiera tomado el primer o segundo bus que dejé pasar no estaría en esa mototaxi, viéndolos a la luz tenue, mirando hacia afuera con las vistas perdidas, pensando en su mañana, en sus hijos y sus travesías diarias. Pucha que era lindo ese paisaje. Pucha que estaba agradecida de estar ahí. El café duró 20 minutos nomás. La travesía para el café, 4 horas. Salir del pueblo no es fácil. Entendí porqué sentía esa sensación de valentía indomable al salir, sola, para lograr algo.

ImageEsperando a la Chongoneña en la noche cerrada

ImageEste es el corte de pelo del que hablo.

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