Ecuatoriana en construcción

Los días de una argentina en el pueblo que no le teme a la lluvia

Casi un mini Buda

Después de estos breves (y profundamente eternos) 5 meses puedo decir que no ha sido fácil…la maternidad, digo. Ahora estoy en Argentina, disfrutando de mis últimos días de mimoseo con los viejos, de cafés con condensada, olor a pucho en todos lados y mucho mucho estudio en biblioteca. Hace un par de días, en una cena de amigas, salió el tema del blog. “¡Ponete pilas y escribí algo!”, me dijeron mientras nos contábamos las aventuras y desventuras de nuestros matrimonios en proceso y maternidades en construcción. Yo, que me he convertido en la mujer con la teta colgante que la ranita se ha empeñado en dejar al descubierto en cada lugar al que vamos, me animé.

“Yo me siento incomprendida por mi esposo” dijo Meli, tocándose el pecho y con el chinito llorisqueando, colgando de las caderas mientras hacía brrrrrrr-brrrrrr-am…brrrrrr pasadísimo de sueño a la 1.30 de la mañana. “Amor, te amo. Pero a veces estaría bueno que los tengás dos minutos mientras puedo ir al baño tranquila. No se puede con un pibe en el andador gritando en la cocina y con el otro que me abre la puerta y me pregunta ‘mamá, mamá…estás haciendo caca o pichí?'”. Él relajado respondió “pero a uno dejalo en la cocina, al otro le das la tablet y problema resuelto…no es tan difícil”. “¡No se puede!” gritamos ella y yo al unísono.

Yo metí mi cucharita: “el Penguin es un amor. Un super papá y esposo. Un súper amigo (y toda la parte chupamedias que solemos hacer). Pero seamos honestos…nosotras las controladoras no podemos soltar ese sentimiento de que siempre podríamos hacerlo mejor. Recuerdo cuando…

La ranita, 1 mes de nacido. Día de semana, 19.30 hs. 

Aclaración: los bebés aún no pueden sostener la cabeza, ni la espalda, ni nada…son como una bolsita suave y chillona con mini brazos y piernas.

Yo cocinando la cena, tres hornallas prendidas, lavando la verdura, enjuagando los platos del almuerzo, picando chocolate a escondidas para aguantar la ansiedad de un almuerzo inexistente y un desayuno a las corridas.

Ranita en el living llorando histéricamente. Histéricamente. Histéricamente.

Histéricamente.

Penguin en el living. Se sienta en el sillón. Siento la voz del narrador del partido. Oigo el “piiiiiiiiiiiiiip” del aire acondicionado que se prende. Siento el shikishikishik de la bolsa de nachos que se abre.

Ranita se calla. Toma aire y comienza otra vez con el weeeeEEEEEEEEEeeee. La composición perfecta entre los gritos de Ranita y la vociferación del narrador y shikishiki de la bolsa para limarme los nervios.

“¡¿Amor?!” grito desde la cocina tratando de superar el volumen de Ranita. “¡¿Amorcito?°” Tono histérico contenido…asesina potencial en proceso…”mi vida, ¡¿me escuchás?!” “¿Sí amor?” me responde él con una concentración admirable en el partido . “¿¿Podés cargarlo al gordo?? No lo podemos dejar llorar porque se estresa y a las neuronas les pasa algo que leí en Facebook. Te lo compartí y te etiqueté pero parece que no lo leíste. ¿Lo podés levantar? O hacé algo, no sé, jugá, mecelo… algo”. “Sí, perdón”, me dice. A continuación, silencio. Ranita dejó de llorar.

Pasa 1 minuto y aún no llora. Silencio. Pasa otro minuto.

Pasan 6 minutos y no llora. Algo no está bien, tengo que intervenir. Me asomo por la cocina lentamente. Con miedo, con esperanza. Me pego a la pared y lentamente saco mi cabeza.

La imagen que vi no la olvidaré jamás.

Él, mi creativo Penguin, sentado en la misma exacta posición (en el sillón con las piernas cruzadas arriba de la mesita ratona) sosteniendo algo en su pierna, mirando el partido de Emelec. Algo que pretendía estar sentado pero no -reitero, con 1 mes todavía no se puede sostener ni cabeza, ni cuello ni nada-, una bolita vestida en pijama a rayas azules  totalmente inerte con la cabeza pelada colgando para abajo igual que las piernas y brazos, en shock. Mi cara se desfiguró ante la escena. El horror, el horror. Antes de que yo me abalance cual pantera furiosa él me sonríe con alegría y finaliza “mira amor lo que descubrí: lo puse en la misma posición del Buda como lo puso el pediatra. Parece que le gusta porque se quedó tranqui”.

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