Ecuatoriana en construcción

Los días de una argentina en el pueblo que no le teme a la lluvia

Ella es intensa los miércoles

Estaba tratando de vivir de viernes en viernes, odiando los lunes, omitiendo mentalmente los martes-miércoles, feliz de que llegara el jueves porque está al lado del viernes.

Harta, cansada, frustrada y sensible. Tenía demasiados mails que enviar, demasiadas reuniones a las que asistir, demasiados apuntes de materias que estudiar, materias que no comprendía y que no le interesaban pero todos necesitan un título y ella lo quería aunque estaba demasiado lejano.

Ese miércoles la reunión laboral había sido larga y eso le pesaba junto con todo lo anterior. Alguien la deja a mitad de camino con una mochila pesadísima que cargar. “¿Te quedas aquí?” “Sí, gracias”. Cargó la mochila y llamó al Penguin. “¿Podrías buscarme?” Llegó el autito azul, arribaron a la puerta de casa, abrió el armatoste ruidoso y se encontró con todo cubierto por una espesa capa de polvo. “Los albañiles trabajaron full, mañana vuelven” le dice él sin preocuparse. “Te preparé un rico pescado”. Ella aún perpleja le interrumpe mirando el sofá lleno de tierra “¿no…pensaste…en cubrir el sofá? ¿o la tele?”. Sin esperar respuesta subió las escaleras sintiendo el polvo entrándole por los dedos y la nariz. Entró al cuarto para ver toda la ropa y las carteras y las almohadas sucias. Se acostó boca arriba. Miró el techo. Frunció la cara tanto que dolía. Cerró los ojos.

Y lloró.

Lloró con angustia lágrimas hervidas que le caían por los cachetes.

Bajó las escaleras rapidito y se preparó un té que sólo eran hojas de menta con agua hervida. Lo miró a él que no comprendía lo que estaba pasando. “No puedo estar acá, tengo que salir” “¿a dónde?” y con un aire de liberación profunda le clavó los ojos miel y le dijo con una seguridad intensa “a la mierda”. Se dio media vuelta con la taza con menta flotando, el rimel corrido, los rulos despeinados y el polvo pegado en las pantorrillas y se fue.

En la calle miró un sol anaranjado que se estaba escondiendo mientras el nudo de la garganta se sentía menos doloroso. Cerró los ojos. Respiró. Se quemó la panza por cerrar los ojos.

Respiró una hora y decidió volver a la casa llena de polvo y al pescado que había sido hecho con amor.

A la vuelta miró su celular y encontró el mensaje de Flor que decía “¿cuando vas a escribir el nuevo post? Estoy cansada de entrar y no ver nada”. Le respondió “justo ahora estoy teniendo una crisis nerviosa. Así que seguro mañana”.

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